jueves, marzo 30, 2006

Talk show: En la cocina del infierno

La falta de espíritu crítico -minado por la avanzada anemia cultural- y, con ella, la vulnerabilidad de la inteligencia y las emociones, convierte a las clases menos favorecidas en la excusa perfecta para la supervivencia de los programas de testimonios- o talk shows en la terminología americana, que es de donde provienen. Pueden ser talk shows programas como “Sorpresa sorpresa” –de un modo especial-, “Hay una carta para ti” o, cómo no, el más joven de todos, “El diario de Patricia”.

Lo que nosotros consideramos, a primera vista, un programa ameno y refrescante tiene una lógica interna bien distinta. Tanto la composición del público como los movimientos del presentador o presentadora, el paso a publicidad y el modo en que el invitado interviene, son susceptibles de un análisis profundo y crítico -y profundamente crítico-.

Esta falsa fábrica de ilusiones se nutre de ciudadanos anónimos con historias que contar. La fascinación que la televisión produce en ellos- en muchos casos, el único referente cultural- supone el anzuelo perfecto, y permite a los organizadores contar con un suministro constante y fiable de materia prima. La mercancía es tan buena como el interés- espectacularidad, morbo- de la historia que ésta pueda contar. Así, se determinan los criterios de búsqueda entre los redactores -pescadores- y se conforma el orden de los participantes -invitados.

Una de las principales causas de que los personajes anónimos que participan de esta conspiración cultural accedan a colaborar, es, quizá, la visión equivocada que tienen de las funciones que cumple la televisión. Al contrario de lo que se puedan imaginar, ésta no tiene ningún propósito social. Pero, al aceptar su ficticia dimensión comunitaria, la comunión con ella resulta mucho más fácil para el participante y para el espectador -lo que produce muchos beneficios para unos pocos.

De este modo, esta industria utiliza los reencuentros (“Mari y Pepa llevan ochenta años sin verse y hoy se van a reencontrar”), disculpas (“no te los pondré muchas veces más, cariño, vuelve conmigo”) y denuncias (“me dejó por un avestruz”) como perfecta excusa para atraer a los potenciales protagonistas- y a los también desvalidos telespectadores. La erróneamente atribuida función social de la televisión no es más que una nueva mutación de la función espectáculo, que de este modo se disfraza para servirse con más gracia.

Dicen que cuando uno visita una fábrica de bollería industrial, no vuelve a probar estos dulces, o, si lo hace, no vuelve a saborearlos del mismo modo. Si realmente conociéramos las intenciones del presentador -no llores, yo estoy aquí contigo-, las de los directores -¡que baile la loca!- y todo el entramado que hay detrás de esta esquiva golosina visual, les aseguro que veríamos cosas que nos aterrarían.

El cuarto oscuro

1 Comments:

Blogger Buenas Gentes said...

Muy inteligente, agresivo, revelador, transgresor. Sí, me ha gustado... Simplemente... ¿Una reverencia?

Sería de buen talante hacerla, sin duda.

Juanjo.

PD: Yo sigo comiendo productos de donuts, si bien no los que probé en aquella fábrica.

4:25 AM  

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